Disertación sobre las gallinas

Acabo de comprobar con asombro que las gallinas están prisioneras porque quieren.

Sí, porque quieren.

Porque las gallinas pueden volar. No mucho, pero sí lo suficiente para subirse a la valla que las acorrala e iniciar una nueva vida.

Sin embargo, no lo hacen. O al menos no lo hacen permanentemente.

Quizá hagan exploraciones mínimas, pero siempre vuelven. Al redil.

Al gallinero.

No importa lo que haya fuera, nada es comparable a la seguridad de su espacio enrejado.

Antes presas en su débil zona de confort que tiradas por ahí al libre albedrío.

Si fueran personas no serían de Podemos ni estas cosas raras ciudadanas que pululan descontroladas.

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Quizá de este comportamiento venga la expresión “ser más puta que las gallinas”.

Y es que ¡cualquiera se fía de ellas!

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